La fiesta pentavocálica

Cinco son las vocales de nuestro alfabeto castellano y hay pocas palabras en donde aparecen todas juntas danzando en un corro de la patata imaginario en donde pueden jugar todas a la vez.

Tenemos «murciélago», un animal que vive por la noche, como yo, que caza insectos como cuando era pequeño y los veía en aquellos microscopios qumicéficos que traían aquellos reyes magos de inusitado afán científico. El murciélago es perceptivo, no ve un carajo, pero se orienta, trata de hacerlo, lucha por hacerlo cada día. Hay que luchar si no sabemos mirar, como hace él.

Tenemos «auténtico», una pentavocálica que ahora se ha quedado jugando sola en el patio de los profesores hijos de puta que definen como auténtico algo que no lo es. ¿Qué es auténtico en un mundo en el que todo es falso? La medida te la da el tiempo y la velocidad a la que pasa. Y es que un segundo puede ser una eternidad en compañía de alguien que vale la pena. En cambio, años y años con gentuza a tu lado se te pasan volando y no ves lo falso y sólo cuando ves lo auténtico te das cuenta de lo falso.

Como escapulario, pentavocálica acojonante, se refiere a cosas chuscas de la iglesia, institución jodidamente chusca ya de por sí, me quedo con hipotenusa, sencilla, elegante, inspiradora y siempre rodeada de sus dos catetos, en un trío sexual de difícil explicación. Hipotenusas que están siempre en círcunferencias, encerradas por el manto fino de una capa que tocan y que quieren atravesar huyendo de ese puto centro al cual están atadas. Hipotenusas que algún día saldrán y dejarán con cara de gilipollas a todos.

Veo «descuidado», pentavocálica precisa por que es perfecta para definir miles de cosas. Descuidamos vidas, personas, ropas y casas, trabajos y sentimientos. Creemos que las cuidamos y solo pasamos el tiempo viendo cómo se van descuidando.  Veo «educación» y me evoca ciento cincuenta mil razones para derribar a un gobierno desde mi pequeña sillita de escritura metrónica allende los mares. Veo esa falta de «educación» por parte de esa gentuza que nos gobierna y que duerme tranquila sabiendo que no serán linchados hoy, no se sabe si mañana.

Veo «reputación», pentavocálica tremenda, porque tú te la labras u otros te la labran y no puedes hacer nada, pero lo que sí sabes es que has de vivir tranquilo porque tú sólo eres el responsable de tus palabras, no de las de los demás. De las tuyas nada más. Solo de ellas.

Y veo «surrealismo», palabra que define mi vida en muchas situaciones y seguro que la tuya también cuando te acuerdas de aquello que te pasó y sobreviviste para contarlo y echarte unas risas aquí en este submundo que estamos creando en esta web.

Como no me gustan los diminutivos pentavocálicos, como abuelito o cuadernillo, tiro de vestuario, pentavocálica de moda, euforia, un estado en el que me encuentro ahora mismo y que también se define como calmaeuforia en un pentavocálica con dos vocales que se suman a la fiesta, o ultraligero, esos acojonantes aviones pentavocálicos que no tienen motor y que vuelan como si fueran de papel con gente de papel en su interior.

Ultraligeros, vestuario, euforia y calmaeuforia, surrealismo, reputación, descuidado, escapulario, hipotenusa, auténtico y murciélago, forman una inmensa fiesta vocálica en la que cada una de las letras es parte de lo mismo. Nadie les dice que no pueden entrar por H o por B, ni les propone preposiciones, ni se conjugan verbos en formas que lo complican todo. No, en esa fiesta todas están invitadas y no sobra nadie.

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