El jardín de las palabras

Me gusta ir descubriendo cosas de huesitos sin que ella sepa nada. Por ejemplo, su flor preferida, que podría ser el tulipán. Le pega esa flor, pero igual estoy metiendo la gamba y es más de margaritas o de rosas. Quién sabe. Pero a ella le va más una flor más marciana, menos convencional. Un tulipán blanco lo es, empezando por el nombre, tulipán, quizá uno de los más bonitos del castellano. Su supuesta flor forma un grupo de palabras superhéroes que me enternecen como albores, laguna, girasol, trébol, caracoleando, o clarinete. Maravillas con la sonoridad perfecta que representan para mí curvas y sabores, sentimientos y significados que evocan algo más que una simple figura o unas letras escritas en lenguaje romance.

Es esa musicalidad que existe y que te das cuenta que existe y que engloba palabras como fascinante y sonrisa y tu sonrisa es fascinante cuando te recreas en las palabras preciosas casi llegando al crepúsculo, siendo esa última otra palabra palpitante, y siendo palpitante, otra palabra colosal. Todas ellas palabras que merecen la pena, que desean ser escuchadas, que son alevosías sugestivas escritas en el pergamino de nuestros cerebelos en pleno éxtasis boreal. Palabras mágicas, perfectas propias de un idioma riquísimo que ya se está perdiendo pero que algunos luchamos por seguir aprendiendo. Palabras como libido y pulcro, como reflejo, pandora, petunia, relojero, correveidile y pizpireta, con tanta fuerza que cuando salen de nuestras cuerdas vocales nunca dejan indiferente a nadie.

Las tildes con las que lucho, las salamandras que perseguí, los hombres lagartijos que un día me encontré y las mujeres crustáceas. Lo frágil como auténtico tesoro para conservar, lo ignoto como objetivo a alcanzar. Palabrás místicas que son parte de un idioma trapisondo y rico, pero necio en su uso y disfrute. Mandarinas iridiscentes a la de una, a la de dos y a la de tres, y jugando al escondite y al rescate, decimos por mí. Bombones, vórtices, ochos de colores, transbordadores, chancletas. Gente pazguata pero que igualmente disfruta del vuelo del colibrí en la arboleda verde. Hay tantísimas palabras con las que disfrutar en el jardín de las palabras que fastidia que no las utilicemos con mayor frecuencia. Eligiendo y ensoñando las flores de huesitos entré en ese jardín y me maravillé con lo que encontré.

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