La sal en la cocina de tu propio cerebro

Comía comida sosa, de tanto que casi era rancia.

No echaba sal a nada, ni siquiera a las sopas de importancia.

No estaba acostumbrado, mi familia cocinaba así.

Mira tu por donde, apareció huesitos y por fin lo comprendí.

 

A veces en la vida, sal debes echar.

Es ese salero que a veces no te enteras, pero ahí está.

Te acostumbras a lo malo, a vivir en el malestar.

Tus papilas gustativas saben que merecen más.

 

Todo cambia con la sal, todo parece mejor.

Deberás buscar tu sodio, tu cloro y tu enlace iónico,

deberás fabricar tu propia sal con tu propio método.

Podrás encontrar la paz en la cocina de tu propio cerebro.

 

Si elegimos la prenda que queremos vestir,

si elegimos la película que queremos ver,

por qué no sazonar con felicidad nuestra forma de vivir

echando nuestra propia sal en este mundo lleno de gente pez.

 

Al echar los granos de tu sal ves cómo se disuelven y dividen.

Tienes miedo al principio, vienes de tus orígenes.

Degustas tu propia vida pero sales de entre los líquenes.

Descubre tu propia sal, sé dueño de tus límites.

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