Lagrimica flotante sin salir

Deseé cambiar de ciudad, deseé irme tras ella y no volver a la mía.

Deseé con muchísima fuerza que aquel avión tuviese el nombre del mío o el mío del suyo.

Deseé no haber dicho, «me quedo aquí» en la cola, y deseé llegar al día en el que no hubiese colas que nos separasen si no que nos uniesen para entrar en el mismo avión y el mismo destino.

 

El momento de esa última mirada y esa preciosa sonrisa que congela todos los universos paralelos a la vez.

El momento en el que ambos sabemos que ya no miramos para atrás y nuestras direcciones hacen el ángulo recto de la curvatura de un corazón cuando ambos brazos se juntan de forma simétrica justo en el centro.

 

Salí de allí, lagrimica flotante sin salir y con caminar pesaroso, apesadumbrado en mi propia penumbra, iluminado por nuestra propia luz, andando recto, admitiendo la realidad, deseando ser Houdini para entrar en su aeroplano de polizón subrepticio, oculto entre maletas sin vida que iban a la isla donde yo quería vivir la mía.

Di mil vueltas por aquel aeropuerto, intentando encontrar un enchufe pero el enchufe se alejaba por aquel gusanito que conducía a aquel pájaro metálico, y mi energía, mi enchufito, se sentaba poniendo su brazo en un posabrazos que no era mi mano.

Pero debería serlo.

 

Me levanté con dolor de oído, dolor de corazón y felicidad de oído y corazón. Todo a la vez. Propuse al destino abonarme con ella al fútbol la temporada que viene. Tengo toda esta temporada para ganarme ese abono. Lo conseguiré.

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