Uno de cada 500

El día de la brutal tormenta solar me pilló en un ático de un rascacielos de Manhattan. No me podía creer la suerte que tenía en ese momento, pero como ya sabéis, todo se fue al carajo aquel día. Comenzó con un simple vaivén de la luz, una interferencia en el móvil y una especie de silbido en la calle. Abrí la ventana de la terraza y salí al exterior. El cielo era naranja, casi marrón, sangraba. El sol había lanzado una inmensa llamarada solar que estaba dejando una serie de auroras boreales en el cielo que nunca jamás había visto. Intenté telefonear a mi mujer Martha pero ya era tarde, los móviles no funcionaban. Comencé a escuchar accidentes de tráfico y miré para abajo. Los semáforos habían dejado de funcionar y la gente se bajaba de los coches mirando al cielo.

Desde mi perspectiva veía el avance de las auroras boreales de forma privilegiada. Llegaban como olas, como inmensidades que se desplazaban a gran velocidad sobre el cielo. Nada funcionaba ya, cualquier aparato eléctrico o a pilas estaba completamente fundido y la humanidad se encontraba en aquel instante en la edad de piedra. Pensé rápidamente en la nevera y la comida. Éramos vegetarianos y comprábamos lo que consumíamos al día. Pensé en bajar a la calle, y me parapeté con mi pistola. Sabía que ahí abajo la situación iba a ser un caos. Me até bien los cordones, estaba en forma. Cogí el carro y me bajé corriendo. En el portal de mi casa había gente que se había quedado ciega de mirar al sol. A mí me había tapado el edificio antes, y por eso me libré.

La escena era dantesca, casi todo el mundo estaba ciego, desesperados, intentando ver algo en su oscuridad total. Decidí ir acercando a la gente a los muros para que no les pillasen los coches, fui haciendolo por toda mi calle hasta que llegué al supermercado en el que varios policías estaban apuntando a supervivientes con vista. Huí de allí y volví a intentar llamar a Martha. No funcionaba. Fui corriendo a otro supermercado y allí sí me encontré vía libre. La gente estaba en el suelo gateando sin poder ver nada. Cogí todos los alimentos de verdura enlatados que pude y dos litronas agua. Pilas. Cogí también jabón y balas. Me fui sin pagar. No sonó la alarma, todo era dantesco. Fui a dejar las cosas a casa pero me di cuenta de que la situación se había descontrolado con el sol. No podía darte directamente a la cara. Huí como pude, tapándome con un mantel del super y tirando de mi carrito. LLegué de nuevo a casa, tras ir despacio, intentando no mirar a nadie ni a nada. Estaba llorando pero no quería que se me notase. Subí el carro por las escaleras mientras escuchaba como la gente intentaba abrir sus puertas estando totalmente ciega. Me crucé con dos personas que no veían nada a la altura del décimo piso. Desorientadas, desasistidas, abandonadas. Dejé el carro en casa y fui a por Martha a su trabajo como enfermera. Creo que solo uno de cada 500 no estaba ciego. Había tenido una suerte inmensa. Solo quería encontrar a Martha para cuidar de ella. Solo pensaba en eso.

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