La monja fitipaldi amante de los excesos

Me subí a aquel dos caballos ya desconfiando de todo.

Me había hecho daño en aquellos últimos días del infame campamento de Salou al que iba.

Me llevaban al hospital para ver si me había roto un huesecillo tobillil.

Y allí estaba aquella monja dispuesta a llevarme. No recuerdo su nombre, pero vamos a llamarla de esta manera: ángel del puto infierno.

La monja era la típica viejilla con mala leche, con gafas de cristal de telescopio espacial, que se ocupaba del orden de los comedores. No dudaba en percutir gaznates con una cuchara de yogur a cualquier niño que le tocara la moral. De tres cucharadas el yogur. Era una de esas religiosas con violencia, cuyo estado natural es estar siempre a punto de liarla con lo que sea.

Me subí al dos caballos con ella y arrancó. Antes de salir del recinto casi se comió la puerta porque no vio que entraba otro coche. A mí el estar al borde de la muerte en ese momento no me importó porque estaba más pendiente de ver la carretera por dentro del coche gracias al inmenso agujero que había en el asiento de copiloto del dos caballos aquel. Era evidente que aquel coche había sido manufacturado en los talleres de la cuarta planta del averno. Justo allí.

Iba viendo cómo por un lado, la señora monja iba insultando a troche y moche a todos, como si mi tobillo fuese lo más importante del mundo y por el otro, el súper agujero del vehículo que me perturbaba profundamente. No me atreví a comentarla nada. Su voluntad era buena, pero era un peligro. Sus gafas empañadas no le permitían ver el velocímetro y todo vibraba demasiado. La carretera pasaba cada vez más deprisa debajo de mi asiento y yo me intenté agarrar al asidero de arriba. Me lo quedé en la mano y lo escondí como pude hasta que cayó por accidente, por la tensión y por el traqueteo en el agujero de aquel dos caballos infernal y se perdió por alguna carretera comarcal desconocida de Tarragona. Sobra decir, claro está, que la señora se perdió. Fumaba como una posesa. Cigarrillos mentolados.

Yo es que era un chavalín de 14 años y era evidente que todo estaba siendo una locura, pero con esa edad te preocupa más el tema de que has perdido el asidero por el agujero, a ver si te van a echar la bronca. La señora, a toda pastilla, se relajó de su retahíla de insultos a los demás conductores y puso el radiocasete. Me puse a temblar. A la monja le encantaba Xuxa, aquella presentadora brasileña de Telecinco.

A ritmo del show de Xuxa, la monja iba adelantando por la derecha a los coches y yo iba viendo las líneas continuas por mi agujero, que ya a esas alturas era como un ente amigo.

Medio llegamos al hospital, yo con bastante mal cuerpo y nada, era una fisura en un huesecillo, reposo de 15 días, vendita y game boy y super nintendo a saco. La monja en el camino de vuelta y no tranquila con su particular show, decidió que era un buen momento para parar a comerse su bocata de salchichón en una isleta cerca de la carretera general de Tarragona. Que tenía hambre, y que el bocata estaba para comérselo. Que me comiese yo el mío. En aquella posición ilegal, con el dos caballos a punto de descascarillarse, yo con muletas y con Xuxa a toda hostia, decidí embutirme el bocadillo de salchichón en aquella calzada junto a la monja insultadora y nos pusimos a contarnos chistes de lepe para redondear tan surreal viaje. Si la poli nos llega a pillar allí nos hace una foto.

No me acuerdo de mucho más, solo que se me pasó por la cabeza que podría marcarme un indiana jones si nos quedábamos sin frenos, sacando las muletas por debajo del agujero y frenando aquel dos caballos amarillo con las muletas. Aquel coche seguro que fue de infausto recuerdo para todo aquel que se jodiese algún huesecillo en aquel campamento de verano. Sobre todo porque lo conducía ella, el ángel del puto infierno, una monja fitipaldi amante de los excesos.

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