El subidón gomiballa

Recuerdo una de mis obsesiones de dibujos animados de la infancia como con una mezcla entre miedillo y fascinación. Era una serie norteamericana llamada «Los Gummis» protagonizada por unos osos que vivían aventuras en unos bosques en donde había unos orcos que les querían robar su brutal jugo de gomiballas. Hasta aquí todo normal. Osos tipo ewok, felices, que conspiran un mejunje que atrae a otros bichos del bosque y se lía porque todos andan detrás de lo mismo. Vale. Tolerable.

Ahí el único problema era el jugo de gomiballas. ¿Por qué? Porque era DRONGA.

En ese mundo todo se movía por el jugo. Ambos, orcos y gummis eran yonkis. Todos querían pillar, todos querían ingerirla y se ponían nerviosos perdidos si no tenían «de lo suyo». Todo esto era medio tolerable para un chavalín de 8 años con una inmensa imaginación, de no ser por ese ambiente malsano que había en el puto bosque de los gummis. Yo percibía que aquellos osos yonkis no se fiaban del todo los unos de los otros. Y eso me producía desasosiego. Cada gummi era un potencial ladrón del jugo de gomiballa de los demás. Nadie se fiaba de nadie en ese bosque. Todos querían jugo para autoconsumo y que nadie se lo quitase.

Su aspecto entre rechoncho y bonachón no me inspiraba confianza. Considero que en verdad los gummis eran unos caciques con el monopolio de las ballas y los pobres orcos solo reclamaban lo que por naturaleza también era para ellos. Las conversaciones gummi eran siempre de envidias y con cierto toque presuntuoso, sabiéndose poderosos en su posesión de dronga, yendo de listos por el bosque. Estos gummis eran igual de pestilentes que el CABRÓN del correcaminos, pero encima puestos hasta las cejas, por cierto, bien prominentes.

Todos aquellos osos rechonchos escondían algo. En cambio los malos tenían claro su objetivo. Por cierto estaban más organizados y eran mas ágiles que los gummis, pero éstos en pleno subidón-gomiballa, siempre conseguían hacer alguna injusta jugarreta contra ellos.

Siempre vi injusticia en todo aquello. Los orcos querían justicia, pero los gummis… joder, ¡los gummis eran unos sinvergüenzas!

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