La batalla de las homofonías

La homofonía es un fenómeno lingüistico fascinante que causa numerosos disgustos a chavalillos y chavalillas de bien desde hace siglos. Son palabras que se pronuncian igual pero se escriben diferente y tienen diferentes significados. A veces incluso se escriben igual, se monta un lío y empiezan las hostilidades.

En la ciudad de La Haya, la bella príncesa encuentra el conejo de Pascua junto a su carta de amor. La halla cerca de ese conejo con ojos de loco cerca del arroyo de los jardines del castillo. Veo de lejos como la lee y salgo a su encuentro. Arrollo a un camarero y por el camino piso las bayas del suelo que ya cayeron por la recogida y la beso con fuerza cerca de las vallas prohibidas.

Entre ella y yo, el barón Von Fountaine, se encuentran solo una hembra y un varón, un hombre y una mujer, una cebolla que no llora al ser pelada y a la que agito el corazón mientras ella me azuza el mío. Una cebolla que nació para ser una ensalada de amor con un ajito como yo.

El as de la aviación, me llamaban. Pero ella me dijo «has de elegir entre la guerra y tu cebolla». No quería ser viuda hortaliza con un vaso de cera caliente en la mano esperando cada anochecer a mi vuelta. Me baso en sus ojos, que me golpeaban como una varita mágica de barita, duro y frío óxido de bario en mis entrañas. Las artes de pensar y elegir en tiempos de guerra consisten en comprender hasta qué punto deberás seguir tu camino, rallando, desmenuzando la realidad y tachando y rayando aquello que no quieres encontrarte en tu futuro.  Hartes a quien hartes

La onda que hacía su cuerpo en la parábola infinita de sus curvas fibrosas era una razón más que suficiente como para ser ese David que mató a Goliath con una honda, lleno de valor. Mi David sería ese hombre que quiere dormir con su amor y mi Goliath aquel que solo quiere disparar al enemigo. Deshacer lo deshecho o convertirse en un desecho, que aunque suene igual, no es lo mismo.

Le revelé mi respuesta, me rebelé ante mis superiores. Me bastó con un basto comentario antibelicista y me destinaron a la fría estepa rusa, un vasto territorio que tuvo que ser un vergel en su día pero que a día de hoy solo era un yermo con apocalípticas televisiones de tubo en donde ya no se podía votar porque no había colegios ni locales, el lugar perfecto en donde botar a aquellos insulsos soldados que desobedecían la locura de la guerra.

Tardaría cinco años en volver a verla tras escaparme. El vello infinitesimal de su piel y su bello rostro me acompañaron en mi calvario en aquella cárcel de la que escapé jugándome la vida. Yo era Von Fountaine y ella Lady Fosc. Todas las tardes me esperaba en aquella valla con mi carta y mi conejo de Pascua.

Nuestro beso, casi se convierte en un verso homofónico excepto por una erre. Y esa erre era nuestro pasaporte a una nueva vida con nuevos nombres en donde seguir buscando preciosas cartas cerca de conejos de Pascua.

 

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