Un ¿qué tal estás?

El mundo te juzga brutalmente por todo lo que haces y eso agobia para mal, y anima para bien. Eso te va a pasar, te guste o no, quieras o no.

Tienes que admitirlo para intentar ser feliz. No es justo pero no lo vas a poder evitar. Te juzgan los tuyos, te juzgan los que no son los tuyos, los que se cruzan contigo, los que te imaginan, los que te conocen y los que no, los que te hablan y los que no te escuchan, los que te escuchan pero no te hablan, los que dejaste en el pasado, y los que sin saberlo, ya te esperan en el futuro preparándote algo bueno o malo. Aquí te juzga todo el mundo, a veces de manera inocente, a veces de manera implacable. No se dan cuenta la mayoría de las veces. Y a ti todo esto te abruma si lo piensas, mejor no pensarlo. 

Te juzgan porque no tienen otra cosa que hacer en su vida, nada más que ir poniendo notas continuamente como si importase su puta nota muchas veces. 

Todos vamos de profesores poniendo notas a diestro y siniestro. De vez en cuando te encuentras profesores que sí quieren ayudarte, aunque se les va la mano. Profesores que no saben como abordar sus notas para ti porque no te quieren hacer daño diciéndote la verdad o porque directamente están acostumbrados a vidas pasadas con gente cabrona que les hacía daño y hacen de espejo con críticas hacia ti sin preguntarte primero un ¿qué tal estás?

Quizá esté todo en el carácter de cada uno, pero lo ideal sería entender que tú como profesor, puedes entender a otros profesores, a sus notas, las que te ponen a ti, las que les ponen a los demás. Pero finalmente tu vida dependerá de la nota que quieras tener siempre al acostarte, cada día. Sin que nadie te pregunte un miserable qué tal estás. Esa pregunta te la tienes que hacer tú, porque a veces esperamos que nos la hagan y jamás viene. Y te la tienes que hacer tú y responder sinceramente. Y así, con cosas así, te ganas el hacer la croqueta cada noche en paz.

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