De palizas y superhéroes

Astrud cantaba «me estaban dando una paliza» y yo no sé cuantas habrá recibido ese cantante, pero sí sé que yo no debería haber recibido tantas, que la cuenta se le fue al niño dios conmigo. Quizá a los maltratados nos deberían condecorar como súper héroes de patio de colegio porque a diario teníamos que enfrentarnos a mafias y malos que saltaban desde las esquinas, y nosotros ahí como Batman, sin sus artilugios y con cero recursos, pero con más cojones que nadie.

Astrud cantaba aquello y cuando crecimos nos refugiamos en lo que pudimos para superar que nadie nos condecorara jamás, cuando eso era lo primero que se nos tenía que haber hecho si la sociedad tuviese un átomo de decencia y vergüenza torera.

Cantaba y cantaba y nosotros crecíamos dando tumbos entre excesos y anhelos, entre más rechazo y desconocimiento total de lo que era la vida. Nadie nos enseñó a tocar las teclas del piano de la vida y la música que tratábamos de componer sonaba jodidamente mal. Años así.

Dejó de cantar un día Astrud, y yo le descubrí gracias a que por fin alguien se fijó en que era ese súper héroe que siempre merecí ser llamado, tras haber vencido a todos los malos y haber derrotado a los peores brujos y brujas de todo el puto averno.

 

 

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