El frío de los tulpas

El jodido frío embarrado en tus manos que no se va y que te tele-transporta al medievo picando roca caliza en una mina infame. Tú y tu antepasado, los dos con el mismo frío en las manos, los dos con el mismo anhelo de cambiar de ciudad, los dos deseando empaparos en ron con el ánimo fulgurante de quien ahoga las penas en su única salida empantanada y lúgubre, rica en aspartamo, a la espera de que el cóndor real llegue con el mensaje que os saque de allí.

Nadie como vosotros para enterarse de qué es la vida, de cómo se congelan las lágrimas cuando toca, de cómo se manifiestan los tulpas del horror a vuestro alrededor mientras lucháis contra el frío más visceral de vuestros adentros y tratáis de arroparos para no morir por el de fuera.

Tus manos teclean «tulpas» y nadie lo entiende de primeras, pero tú tienes un tremendo monstruo a cada lado que te grita y eso es lo que importa. Te gritan y te vuelven loco y tratan de zambullirte en las tinieblas más oscuras, esas en donde hace frío.

No les quieres mirar, sigues tecleando y tecleando y de repente saltas por la ventana imaginariamente y vuelas lejos de esos monstruos que te siguen pero te dejan en paz un poquito, lo suficiente como para olvidarte durante unos instantes que jamás existió ningún cóndor real, que tus lágrimas eran efectos especiales de terciopelo, y que esos tulpas eran de cartón piedra, porque a los monstruos de verdad ya los mataste un día a golpes y sangres, con un afilado cuchillo de empuñadura de roca caliza mientras que eras tú el que les gritabas a ellos exhalando vaho de ron en la tempestad.

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