La dulce y rica demencia

Doble o nada, apártate nada,  los maravillosos ciento uno, mas tarde y menos nunca, oigo el croar angosto de las ranas en el atardecer húmedo de ese planeta del que algún día escribiré, la mirada entre las rocas, la peculiar chica freak de la parada de los monstruos y su risa, la caja de música con la llave azul de Lynch, la utópica bolsa amarilla y que alguien te llame reptiliano porque está como un cencerro. Vida al límite de la dulce y rica demencia genial.

Hoy me marcho a Italia tres veces en mi mente loquer, y lo escribo mientras ella me mira en su foto y espero «su tea time»  escuchando la música del F-Zero, mirando cómo mi toldo es un nido de avispas lelas añorando la creciente luna que está por venir, y mientras tanto, paro el mundo y cazo alfileres de ropa besando mis propias muñecas y suspirando no perderme menos dedos de pelo largo. Vida al límite de la dulce y rica demencia total.

Soy cuatro pilas deseando una game boy, un brujo con un sello de su real majestad sientiendome que soy ese post-it que no se cae aunque tenga la ventana de las avispas abierta y a éstas les encante tu música de 8 bits mientras sueñan con ser ranas vestidas de látex, como en el juego de Kamiya. Mi mente viaja más deprisa de lo que me dejan en Matrix. Vida al límite de la dulce y rica demencia sin final.

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