Mi radar de perturbados

Hay gente que da miedo y lo que realmente acojona es que suelen estar muy bien escondidos en una sociedad de perturbados, igual que el típico madelman en una fiesta de geypermanes. Pero yo los reconozco, tengo un radar para ellos. Los veo. Están ahí.

Son esas señoras que se ponen una bolsa de plástico en la cabeza y van en pantuflas por la calle y preguntan en los chinos si tienen carne picada, o son los señores mayores jubilados y medio locos que van tirando de los plásticos de los contenedores «por si hay algo». Dan miedo los que la lían en las consultas médicas con quién da la vez. Dan miedo los infra-quiosqueros del rastro, capaces de venderte una baraja de cartas del un, dos, tres, decrépita por 25 euros sin despeinarse creyendo que es «lo más». Dan miedo las mujeres que se compran zapatos y luego no se los ponen y dan miedo esos padres destroyer de treinta y tantos que fantasean con pillar un euro perdido en los carritos del Auchán.

A mí particularmente me dan miedo muy pocas cosas pero tengo que reconocer que hay algo en mi familia que me perturba, mi tía Mari, que piensa que no existen ni los extraterrestres, ni los planetas, NI LAS ESTRELLAS. ¿Qué verá ella por la noche? Mari es como Timón en el rey león, ella ve luciernagas y aquí no se hable más.

Ella es de las que te rompe el radar porque le da igual lo que le digas, de verdad, no existen las estrellas y punto.

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