El brillo de tu estrella

Mira

Subir de la piscina de Peñíscola y que tu ochentera madre te prepare Tang Naranja, la palabra Constantinopla, el pez Rododendro, y Hulk en aquel sueño que tuve, liándola porque alguien le había quitado el pan en una comida medieval.

Cosas que ineludiblemente molan, y que están ahí para molar.

Ver a diario esa foto beige que tanto me excita, leer mi libro “humanoides” y acordarme de “patatoides”, abrir admiraciones, dibujar figuras con palitos, conspirar planes, esperar a ese día 13, brillar como una estrella cada vez que pienso en ella.

Acciones que ineludiblemente molan, son para molar.

Mi futura vida con palos y efes, con una casita en la que un cuadro coronará muchas noches perfectas, muchos despertares llenos de esos sutiles toquecitos entre nuestros pies. Ese cero en problemas y ese diez en todo.

Deseos que están ahí. Ilusiones que están ahí. Molan y molarán.

El tío de los coches de choque

Coches-de-choque

El feriante con la condicional que te repartía las fichas o te daba cambio en los coches de coche de los años 80 y 90 es una de esas raras avis españolas que merecerían un lugar de honor en un bestiario de las criaturas más freaks del universo.

Riñonera de colores fluorescentes, vaqueros jodidos, camiseta blanca sin mangas llena de lamparones, sudado y con cara de muy pocos y malos amigos. Su barba de seis días brillaba entre alguna cicatriz del talego. Sus zapatillas eran unas new balance de hacía 7 años, ya destruidas. Greña noventera de luchador de pressing catch y tez de malo de película de los 80 con metralleta. Sentado en una silla de plástico blanco mirando a las tías, justo al lado de la caravana.

Allí ibas tú acojonado siendo un chavalín con una gorra de super mario bros con tus 100 pesetillas a pedirle cambio a tamaño personaje amigo de lo ajeno. Te miraba como perdonándote la vida, como cabreándose por hacer su trabajo.

Era lógico. Él no debería estar ahí. Ese no debería ser su trabajo. Él debería estar planeando un palo en el barrio de Horcasitas junto al Trepa, el limón, el kapra y el tonino. Su gente. Él debería estar planeando en la hoja de un periódico la huida por las calles de ese Madrid con el renault 5 turbo. Si, ese feriante lo tenía claro, pero sus colegas ya no le llamaban desde hace tiempo porque también les habían trincado. Ese Madrid.

El ritmo de su vida quedaba marcado por los bailes de auténtico malabarista que se marcaba colocando los coches de choque, piti en ristre, enemigo del desodorante, brazos venosos. Ese feriante eterno que nunca pisaba el suelo de la pista porque lo consideraba terreno sagrado te miraba mal porque él era un gran delincuente y nadie se daba cuenta de que su talento era robar al igual que controlaba con precisión de cirujano los movimientos de aparcado de los coches de choque en aquella pista de luces de neón y música del bailecito de la discoteca a todo meter.