Tal cual y tal para cual

 

Veía como el tiempo pasaba sin encontrar mi para cual. Yo era ese tal que no encontraba su para cual y no creía ni siquiera que existiera. Pensé que quizá en otro espacio o en otro tiempo estaría allí, pensando en si yo existía o simplemente llevando una vida sin mí, su para cual, o con un falso para cual, un gilipollas que estaría usurpando mi lugar sin saberlo ninguno de los dos, ni él ni yo.

El gilipollas no lo sabría -pensaba- pero seguro que yo, el para cual auténtico de aquella increíble mujer, la valoraría y la querría muchísimo más que él, aunque fuese con un laísmo asco-madrileño que la pusiese enferma. Él no tendría ni idea de lo que estaría entre sus brazos, ni sabría besarla como ella merece. No la cuidaría. No se preocuparía por ella. La despreciaría. Él ni siquiera se acostaría con ella queriéndola de verdad, ni fliparía con las interacciones moleculares de unos labios tocándose con otros. No lo haría porque no era su para cual y nunca lo sería.

Pero yo sí lo era. Y no estaba allí en aquel momento. Ni siquiera sabía que ella existía. Nada podía hacer.

Y entonces el tiempo pasó y conocí de forma mágica a aquella mujer para la que yo era su para cual y ella el mío. Y de repente todo encajó en este puzzle de locos de la vida en donde crees que siempre se pierden piezas, pero no, están todas en la mesa y eres tú el que no las ves. Todos los segundos de vida que habían pasado sin estar juntos no habían pasado en balde, tenían sentido. Habían pasado para que supiésemos identificar de verdad al para cual verdadero, para madurar, para saber qué es la vida y qué no lo es antes de encontrarnos.

No estuvimos en aquellos años donde nos cruzamos por las calles de ese madrid infernal y nos podíamos haber conocido en aquel infame garito. Estábamos formándonos en la vida para que cuando de repente los señores de los relojes, esas entidades que algunos llaman dios, otros alá, y otros yahvé y yo los llamo así porque coordinan los relojes de todo el mundo, decidiesen que ya había sido suficiente con lo vivido, que ya era el momento de vernos en aquella red social en donde se produjeron flechazos cruzados, uno leyéndola, y la otra escuchándome, los dos estuviésemos preparados.

Aquella tarde, cuando volvía al infernal madrid en el día del lagrimal, vi en aquella pantalla de móvil una preciosa estampa de esos espinositos emoticonos que resaltan de entre toda la escoria cursi de internet porque el que lo hizo tenía cierta perspectiva del gusto y del cariño. Los espinositos, cáctus ellos se abrazaban entrelazados de forma perfecta. Ella me lo mandó y yo le mandé a ella una de nuestras fotos en donde hacíamos exactamente lo mismo.

Ella me dijo «tal cual»

Yo LA dije «tal para cual». Y sabía de lo que estaba hablando.

Los hombres-mascota

Hombre mascota miraba a su compañero recepcionista con una mirada entre lo lumpen y lo ausente. El compañero hablaba con cierto desparpajo y hombre-mascota apenas movía músculo alguno cual marciano de la invasión de los ultracuerpos, solo que este ultracuerpo era bastante infraser.

Existen cientos de hombres-mascota que siguen los dictados de sus compañeros-amos de forma estúpida. Quizá algún día despierten y se conviertan en hombres de verdad o quizá sólo despierten para caer de nuevo en su mascotismo y sólo cambien de dueño. Los hombres-mascota buscarán amos en sus trabajos, sus relaciones, sus familias y sus amigos. Nunca dirán que esa boca es suya aunque se la estén partiendo. Nunca dirán que ese es su plato predilecto aunque tengan hambre y puedan tenerlo entre sus fauces de forma fácil. Callarán y callarán. Vivirán callando.

Los cabrones que dirigen el mundo desean que tú seas un gran hombre-mascota. Que no le digas ni mú al psicópata de su jefe. Que te calles ante las tropelías morales de tu pareja desfasada por un mundo que le exige ser algo que no es, que tragues desaires familiares por ese respeto mal entendido como necesario en la ofensa continua y que seas fiel en la amistad a gente que ni te llena ni te necesita.

Ellos quieren fomentar el mascotismo global y tú al final estallarás en alcohol, drogas, excesos o depresiones y no te pararás a pensar que los hombres-mascota son una puta plaga diseñada y perfectamente dirigida por esos sociópatas enfermos que dirigen bancos, gobiernos, compañías petrolíferas, nucleares, eléctricas y megacorporaciones militares, alimenticias e industriales. Todos esos mafiosos de libro quieren que tú seas realmente su mascota, quieren ser tu verdadero amo sin que lo percibas, que ya estés acostumbrado a serlo, como el recepcionista que ahí seguía mirando a su compañero como si fuese una tortuga al sol.

La plaga de los hombres-mascota está ahí fuera, en la calle. Algunos no serán tan evidentes como ese recepcionista del ultracuerpo infraser, parecerá gente común, pero usted debe ver más allá de su piel pachona. Deberá ver que cada vez que calla de forma gratuita, es su mascotismo el que hace Shhhhhhhh con el dedo indice en los labios de esa boca partida.