Luces que lloran

Luces que lloran porque hay personas que se mueven al sacar fotos. El efecto de movimiento podía haber sido en cualquier dirección pero fue hacia abajo. Había 360 putos grados para moverse en el temblor de una mano llena de pasión. Pero fue hacia abajo. Aquello fue premonitorio porque yo no me tendría que mover de aquí y los dos lo sentimos, pero la realidad es así.
Luces que lloran por mí y por ella, a la vez que contemplan nuestros besos de ventana desde sus hilillos de cobre incandescendentes.
Luces que miran a los humanos pasar desde sus farolas y semáforos, testigos de nuestras locuras y deseos, de nuestras esperanzas y añoranzas, de nuestro devenir absurdo o nuestra existencia plena.
Luces que se conmueven porque les gustaría avanzar en el tiempo y que los «teletranspórtame Scottie» de Star Trek, sean una realidad, no una ilusión de gran serie con focos muy abajo, capitanes atractivos y semi-vulcanianos portentosos. Que se pueda hacer, que exista un botón rojo dentro de la casuística de la vida que nuestro Scottie pulse para salir de los putos Madrides de la vida a las islas mayores.
Luces que vibran en sintonía con dos seres que aman y odian el mar a la vez, que tienen cien mil historias y detalles que añadir a la brutal historia del mundo, que tienen lo retro por bandera junto a la bandera del cariño y la agitan en cada segundo que pasan juntos produciendo un hilillo musical que se fusiona con esas luces que lloran entre bucólicas hojas de Palma.
Luces, finalmente que algún día se fundirán en un efímero e infame instante en donde el cobre ya no pueda más, pero sabrán que son parte de la historia, porque ellas lloraron aquella despedida de aquellos dos seres que veían star trek acurrucaditos y nunca terminaban de ver el episodio porque sus manos les decían que era hora de echar zetas. seguir leyendo