Uno de cada 500

El día de la brutal tormenta solar me pilló en un ático de un rascacielos de Manhattan. No me podía creer la suerte que tenía en ese momento, pero como ya sabéis, todo se fue al carajo aquel día. Comenzó con un simple vaivén de la luz, una interferencia en el móvil y una especie de silbido en la calle. Abrí la ventana de la terraza y salí al exterior. El cielo era naranja, casi marrón, sangraba. El sol había lanzado una inmensa llamarada solar que estaba dejando una serie de auroras boreales en el cielo que nunca jamás había visto. Intenté telefonear a mi mujer Martha pero ya era tarde, los móviles no funcionaban. Comencé a escuchar accidentes de tráfico y miré para abajo. Los semáforos habían dejado de funcionar y la gente se bajaba de los coches mirando al cielo. seguir leyendo